viernes, 27 de julio de 2012

Rimbaud v/s Huidobro


Un príncipe estaba molesto por haberse dedicado exclusivamente a la perfección de las generosidades vulgares. Preveía sorprendentes revoluciones del amor, e intuía en sus mujeres algo mejor que esa complacencia adornada de cielo y de lujo. Quería ver la verdad, la hora del deseo y la satisfacción esenciales. Fuese o no una piedad aberrante, así lo quiso. Poseía, al menos, bastante poder humano para conseguirlo. Todas las mujeres que le habían conocido fueron asesinadas. ¡Qué saqueo del jardín de la Belleza! Bajo el sable, ellas le bendijeron. Ya no encargó más: las mujeres reaparecieron.
Mató a cuantos le seguían, después de la caza o de las libaciones: de nuevo todos le seguían.
Se recreó degollando a los animales de lujo. Ordenó flamear los palacios. Arremetía contra la gente y la descuartizaba: la multitud, los techos de oro, los bellos animales seguían existiendo.
¡Cómo puede uno extasiarse en la destrucción, rejuvenecer mediante la crueldad! El pueblo no murmuró. Nadie dio su opinión al respecto.
Una tarde, mientras el Príncipe galopaba altivamente, se le apareció un Genio de belleza inefable, incluso inconfesable. ¡Su fisonomía y su porte prometían un amor múltiple y complejo! ¡Una felicidad indecible, incluso insoportable!. El Príncipe y el Genio se aniquilaron probablemente en la salud esencial. ¿Cómo no iba a costarles la vida? Así pues, murieron juntos. Pero este Príncipe falleció, en su palacio, a una edad corriente. El Príncipe era el Genio. El Genio era el Príncipe.
Le falta música sabia a nuestro deseo.

                                     LAS ILUMINACIONES
                                                 Arthur Rimbaud

¿Cómo dar forma a lo que no lo tiene?

Rimbaud trasciende el verso medido a favor del poema en prosa; continua seguro el anhelo recordado del maestro Baudelaire de una poesía flexible, sin ritmo, sin rima, flexible.
Este oscuro poema en prosa puede significar en el atormentado espíritu del poeta la negación del ser; con igual tono a diferentes expresiones del mismo tono a lo largo de su obra; como en una carta donde Rimbaud había ha advertido en 1871 “yo, es otro” anticipando clarividentemente un desdoblamiento similar al que podemos apreciar cuando se observa un espejo y vislumbra el acecho del otro, ese ser desconocido que abriga nuestras sensaciones más oscuras y secretas.
Yo, el ser que se cree apto para pensar, para pensarse, actuar, juzgar es, en la realidad inefable que condiciona y explica, pensado, actuado, juzgado, determinado por una voluntad interior inexplicable e inconsciente de ordinario de ello; quizá sea la única forma de explicar lo inexplicable como es la coexistencia de los dos Rimbaud, el poeta y el mercader.
Sin embargo, estas dos personalidades aparentemente contradictorias conforman en realidad una sola, como las caras de una moneda.
Pero también, no se puede ver las dos caras al mismo tiempo, por eso es preciso negarse a si mismo para afirmarse en otro plano: imposible sería imaginar algún tipo de experiencia audaz in extremis.
Realidades que se explican mutuamente; cumple la poesía con su fin y avizora su futuro pues este otro ser, aquel que nos mira en el espejo, será libre, puro, arrancado a la sociedad de los deberes, de las buenas acciones y de los pecados, estará al fin y verdaderamente más allá del bien y el mal.
Así pues la búsqueda de la libertad de la existencia; termina en la negación de esta misma.
Rimbaud será evocado años después en esta misma figura en el desdoble mitológico de Vicente Huidobro, antipoeta y mago yaciendo (mejor cayendo) a lo largo de Altazor y el pájaro tralalí que se elevará a través del descubrimiento de un nuevo lenguaje.
Explicaría todo esto en su entrañable visión del mar en un naufragio pero del que solo ya vemos unos maderos flotando, no hemos asistido ni podremos, al momento de congoja y miedo, de las luces apagándose, al final los cuerpos arrastrados con sus gritos al fondo de un infierno sin fuego.
Es que la búsqueda mística es la que lo hace ser otro, el encuentro con los demás, con la negación del pasado, el recuerdo de cuerpos femeninos mezclados y sazonados con mucho de cinismo y desparpajo.
Rimbaud tiene plena conciencia de lo demoníaco que hay en su actitud. Entrevé que pudiera hallar la salvación por otros medios pero es preferible “convertirse en el gran maldito, el gran criminal”.
El yo poético entonces se agranda se dilata proporcionándonos imágenes alucinatorias, el demiurgo reconstruye el mundo (tras el diluvio), en el ámbito mágico de la poesía, coge formas poéticas las transforma, deforma y pervierte a su antojo llevado de la mano de la pasión y el desenfreno.
La incapacidad de no aceptarse como humano no ser un puerco, que la felicidad no sea más que un conjunto amalgamado de recetillas habilidades y renuncias deleznables, la visión de los hombres posternados ante un Dios Todopoderoso, hace que grite, que le grite a ese Dios de igual a igual y lo rete.
Cómo realizar e intentar una nueva creación trastornar el lenguaje poético, bueno, siendo el visionario y transfigurador que fue; empeñándose a pesar del exorcismo a colgarse desdeñando el peligro en la orilla del abismo solo para atisbar aquello que estaba oculto del otro lado del espejo de la realidad.
Es como si en su poesía se fundieran las artes plásticas y la música, haciéndose también poesía de la vigilia y el mundo onírico, de lo posible pero también de lo imposible, convirtiéndose en un recipiente capaz de soportar el “absinthe” que era encontrarse dentro de ella consigo mismo.
Así se transforma en una poesía para los sentidos, a veces la vez, la sientes, le gustas, la palpas, la oyes. Es una especie de vorágine de sensaciones que quieren terminar con el límite físico que es el de las palabras como si quisieran ser letras casi cristalinas y estuvieran una encima de otra, queriendo decirnos que todos son lo mismo pero a la vez todo lo contrario.
Pues es una expresión con sus propias reglas, no tiene que rendirle cuentas a nadie y si toma en cuenta los límites es para saltarlos, llegando a los linderos del mundo real y así poder crear su mundo verbal.
El místico hace que la poesía se adelante a los acontecimientos avizore su final presienta el final. Es un Dante, que no ha tenido paraíso que cantar la solución o el ideal final es la muerte del poeta o el silencio total.
Después de fundir 2 mundos distantes e irreconciliables se queda sin nada que decir, es un callejón sin salida que solo puede dar después de mujeres muertas, ciudades quemadas, hombres torturados, animales sacrificados encontrarse consigo mismo con el genio, el más vil de los asesinos, mirarse y morir.
El poeta asiste al final pidiendo por un poco de música, más música, más pintura, escalas superpuestas para la historia de un encuentro que visto y un final también predicho por un místico que resultó ser él mismo.

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