Chile: ¿país de poetas?
Mientras Neruda, Parra y Mistral siguen figurando entre los más vendidos, conviene revisar el mito de que somos una potencia literaria en el continente. ¿Es así? ¿Qué tan vital es la poesía joven? Aunque ya no hay figuras todopoderosas, cada año se publican más títulos de poesía que de narrativa o de ensayo. Toda una rareza.
Sin duda que es un hecho poco común el que tres de
los libros más vendidos en lo que va del año sean obras de poesía. Las
antologías de Pablo Neruda, Gabriela Mistral y Nicanor Parra llevan
semanas fi gurando en las listas, peleando codo a codo un lugar con
historias de vampiros o de detectives. ¿Habrá otro país donde los poetas
tengan ese nivel de masividad?
“En Chile levantas una piedra y sale un poeta. Puede ser un lugar común, pero no deja de ser cierto”, dice Patricia Espinosa, probablemente la crítica literaria más aguerrida del país y una reconocida académica en las universidades Católica y de Chile. Espinosa, que tiene una pluma de temer, agrega: “se puede ironizar con el tema de que somos un país de poetas, pero si uno compara a nivel latinoamericano, en Chile la poesía es mucho más bullente y hay muchos más autores que en México, Perú, Argentina… en realidad el lugar común es medio cierto”, se ríe.
Claro,
la pregunta puede ser una pelotudez pero, ¿será cierto? ¿somos tierra
de poetas? Hace poco un conocido portal colombiano, www.vive.in,
presentaba a Chile como “potencia literaria”: La literatura chilena se levanta única en el hemisferio con dos premios Nobel de literatura: Gabriela Mistral y Pablo Neruda, decía el sitio, cuya afirmación tuvo repercusión en twitter.
Es cierto que ya no hay figuras como las de Neruda o Mistral –aunque Parra y Gonzalo Rojas siguen activos– y que probablemente el último autor que haya alcanzado una celebridad masiva sea Raúl Zurita, pero la poesía local posee un espesor, un prestigio, una tradición que difícilmente pueden encontrarse en otra expresión artística. “La poesía chilena tiene un nivel superior a la narrativa, hay una amplitud de gente que hace poesía. No todo es bueno, por supuesto, pero la calidad y la cantidad de poetas es impresionante”, agrega Espinosa.
“La poesía de hoy quizá no sea tan conocida, pero está viviendo un momento notable. Hay personajes tutelares todavía vivos, como Parra y Rojas. Por otro lado, las figuras del pasado siguen manteniendo resonancias. Gabriela Mistral se ha convertido en un referente para los jóvenes, hay una revitalización, una relectura de algo que quizá leyeron en el colegio. También se observa la infl uencia de Neruda, de Enrique Lihn, es decir hay una rica manera de relacionarse con la tradición. No han roto con los padres, hay un respeto por las figuras del pasado, a diferencia de lo que sucede en narrativa, donde los autores son displicentes con quienes les preceden y suelen ufanarse de no tener padres literarios. En poesía no hay huérfanos. Para bien o para mal, los referentes están y son respetados. Fuera de eso, los poetas leen, se empapan de la tradición, lo que no pasa en narrativa. En la poesía joven de hoy el espectro es súper amplio, hay un muy buen nivel. Se vive un gran momento”.
Sin ir más lejos, en los últimos años se ha visto una explosión de publicaciones, muchas de ellas artesanales o simples fotocopias encorchetadas. Gracias a talleres gratuitos como los que organiza el Centro Balmaceda, para jóvenes de 15 a 21 años, y a las lecturas poéticas pagadas que organiza la Fundación Neruda, se ha ido formando una escena subterránea, que no carece de vitalidad.
Cristián Aedo, de 34 años, quien publicó recientemente el elogiado Recolector de pixeles (fi nalista del Premio de la Crítica convocado por la Universidad Diego Portales), cuenta que “en los 90 no había tanto libro de poesía, en cambio ahora aparecen muchos editoriales pequeñas, se publica mucho fanzine… No sólo hay editoriales independientes como Calabaza del Diablo, Cuarto Propio o Ripio Ediciones, sino que también hay pequeñas iniciativas hechas a pulso, como Fuga, Cuneta”.
Otro poeta de la generación actual, Víctor López, ganador del premio Vox de Buenos Aires, explica que “se hacen muchas lecturas poéticas, en bares, en lugares públicos y privados… en la Fundación Neruda te pagan 50 mil pesos por una lectura, pero otras son más underground. Si la poesía de los 90 estuvo marcada por la academia y en ella había una pasividad estática, a partir de 2000 la escena se ha vigorizado, hay más desfachatez, se corren riesgos, no sólo en temas sino desde el punto de vista del formato. Ayuda también el hecho de que no hay grandes referentes ni camarillas”.
Puede que muchas de las publicaciones y sus respectivos autores brillen y se apaguen al instante, pero no deja de ser significativa la cifra: según la Cámara Chilena del Libro, en 2009 se publicaron 297 títulos de poesía en el país; es decir, casi un 7 por ciento de todos los libros impresos en Chile el año pasado correspondió al género lírico. Y en lo que atañe puramente a textos dedicados a literatura –dejando fuera las publicaciones sobre educación, tecnología o Derecho–, la poesía llegó al 29%, superando a la narrativa y al ensayo. No es poco.
Sergio Parra –que aparte de ser un destacado poeta, autor del volumen La manoseada, es socio de la librería Metales Pesados– matiza: “la poesía chilena tiene un gran patrimonio. Es una institución, no como en Perú o Argentina, donde hay autores-islas, pero no una tradición tan poderosa ni permanente. En otros países no hay poetas oficiales, como Neruda y Mistral. En habla española quizá no haya otro país como Chile, donde conviven seis generaciones activas de poetas. Nicanor Parra y Gonzalo Rojas son poetas longevos, activos. Luego están los autores del 50, Millán, Lihn, Teillier. La del 60, Hahn, Acevedo. El 70 y 80 están marcados por Martínez, Zurita, Maquieira, Berenguer. En los 90, los poetas vuelven a la academia, y aparecen Germán Carrasco, Yanko González, una tradición poética desde la lectura, no desde la vida. Los poetas del 2000 se forjan en talleres literarios de Fundación Neruda y en el Centro Balmaceda”.
Poetas disc jockeys
Parra piensa que la vitalidad de la poesía chilena a lo largo del siglo XX tiene que ver con que “siempre ha estado muy ligada a la política, y eso genera vanguardia”. Y su pronóstico se vuelve más sombrío cuando compara esa cualidad con las generaciones actuales. “En la poesía de ahora hay una búsqueda de lo nuevo, más bien ajeno a la política, se interesan en los medios, Internet. Hay mucha diversidad, se han incorporado nuevas sensibilidades: la poesía homosexual, mapuche. Pero también desaparecen rápidamente, grupos que aparecen y luego se olvidan. No tienen espesor en el lenguaje. Cualquier cosa que escribe Nicanor Parra tiene más frescura que la poesía joven. Pero no sólo en Chile es así; yo creo que la poesía vive sus peores momentos en el mundo. El siglo pasado hubo una riqueza genial, ahora hay un vacío. Algo se va a generar pero viene de otros espacios”.
Profundizando su crítica a la poesía de hoy, Parra compara a los poetas jóvenes con djs: “tratan de mezclar y releer autores como juntando muchos discos para hacer un ensamblaje. Hay una reescritura de la tradición, de Neruda, de Rokha. Con todo, hay autores importantes como Germán Carrasco, que incorpora la tradición chilena y norteamericana, el humor. Yanko González asume las voces urbanas y la lectura del resentimiento. Gladys González rescata una visión intimista, cotidiana. Y Víctor López hace un cruce entre vida y visualidad, experiencia y artes visuales”.
Para Sergio Parra, la gran deuda de los poetas actuales es que en ellos “no hay contaminación, los poetas no participan de la visualidad nueva. En los 80 había un diálogo entre poesía y artes visuales. Hoy es muy difícil encontrar a un poeta en una exposición de arte. Son puristas, no se contaminan”. Y cree ver en ese motivo la falta de figuras estelares, de referentes ineludibles como los que había en décadas pasadas. “El último libro que te provocaba un impacto total fue Anteparaíso, de Raúl Zurita. Te volaba la cabeza. Lo mismo pasaba antes con Nicanor Parra, que te permitía todo. Nicanor abrió una puerta gigantesca pero a la vez muy peligrosa. Muchos creyeron que todo era válido, y la poesía se convirtió en diario de vida”.
El peligro de las becas
Sergio Parra apunta también a los fondos estatales como una explicación de la debilidad de muchas propuestas poéticas de hoy. “Les han quitado espesor el Fondart, los fondos concursables, las becas. Se han generado demasiados libros sin destino, chicos que van por los dos millones, sin profundizar. He participado como jurado en concursos, y la única parte en la que no hay fallas de ortografía es cuando piden la plata. Los poetas de hoy son muy conservadores emocionalmente, les falta humor. Abunda una melancolía artificial”.
Aunque Patricia Espinosa discrepa y considera que la poesía chilena vive un gran momento, advierte que hay ciertos malentendidos al visualizar los movimientos recientes. “A la generación de los 90 se le suele tildar de academicista, porque era gente que venía de la universidad, autores como Yanko González, que era antropólogo; había cierta erudición, un gusto por la cita en inglés. Se desvincularon del momento político. Yo no lo veo tan así. Desconfío de esas homogenizaciones. A la generación que viene después, la del 2000, algunos la llaman novísima. Fue Héctor Hernández quien acuño el término, porque supuestamente eran poetas revolucionarios, que prefiguraron la revolución de los pingüinos, el auge de las tribus urbanas. Pero me parece un concepto inútil, trasnochado. A lo largo de todo el siglo pasado hubo movimientos que quisieron llamarse los novísimos. ¿Nuevos con respecto a qué?”.
Intentando hilar fino y configurar una mirada que una a los nuevos poetas, Espinosa declara: “la generación de ahora vive la crisis de la democracia. Tienen entre 25 y 33 años y en ellos ya existe una sensación de desencanto. Han vivido toda la época de la Concertación como una decepción. Rescatan la intimidad, pero desde la conciencia de la derrota y la imposibilidad de ser felices con la pareja. Hay mucha tristeza. No hay la más mínima esperanza de encontrar una luz de sus poemas. Todo está perdido, el fracaso surge como gran tema”. Sin embargo, pese a la negatividad del discurso, los poetas florecen. Hay que leerlos.
“En Chile levantas una piedra y sale un poeta. Puede ser un lugar común, pero no deja de ser cierto”, dice Patricia Espinosa, probablemente la crítica literaria más aguerrida del país y una reconocida académica en las universidades Católica y de Chile. Espinosa, que tiene una pluma de temer, agrega: “se puede ironizar con el tema de que somos un país de poetas, pero si uno compara a nivel latinoamericano, en Chile la poesía es mucho más bullente y hay muchos más autores que en México, Perú, Argentina… en realidad el lugar común es medio cierto”, se ríe.
Es cierto que ya no hay figuras como las de Neruda o Mistral –aunque Parra y Gonzalo Rojas siguen activos– y que probablemente el último autor que haya alcanzado una celebridad masiva sea Raúl Zurita, pero la poesía local posee un espesor, un prestigio, una tradición que difícilmente pueden encontrarse en otra expresión artística. “La poesía chilena tiene un nivel superior a la narrativa, hay una amplitud de gente que hace poesía. No todo es bueno, por supuesto, pero la calidad y la cantidad de poetas es impresionante”, agrega Espinosa.
“La poesía de hoy quizá no sea tan conocida, pero está viviendo un momento notable. Hay personajes tutelares todavía vivos, como Parra y Rojas. Por otro lado, las figuras del pasado siguen manteniendo resonancias. Gabriela Mistral se ha convertido en un referente para los jóvenes, hay una revitalización, una relectura de algo que quizá leyeron en el colegio. También se observa la infl uencia de Neruda, de Enrique Lihn, es decir hay una rica manera de relacionarse con la tradición. No han roto con los padres, hay un respeto por las figuras del pasado, a diferencia de lo que sucede en narrativa, donde los autores son displicentes con quienes les preceden y suelen ufanarse de no tener padres literarios. En poesía no hay huérfanos. Para bien o para mal, los referentes están y son respetados. Fuera de eso, los poetas leen, se empapan de la tradición, lo que no pasa en narrativa. En la poesía joven de hoy el espectro es súper amplio, hay un muy buen nivel. Se vive un gran momento”.
Sin ir más lejos, en los últimos años se ha visto una explosión de publicaciones, muchas de ellas artesanales o simples fotocopias encorchetadas. Gracias a talleres gratuitos como los que organiza el Centro Balmaceda, para jóvenes de 15 a 21 años, y a las lecturas poéticas pagadas que organiza la Fundación Neruda, se ha ido formando una escena subterránea, que no carece de vitalidad.
Cristián Aedo, de 34 años, quien publicó recientemente el elogiado Recolector de pixeles (fi nalista del Premio de la Crítica convocado por la Universidad Diego Portales), cuenta que “en los 90 no había tanto libro de poesía, en cambio ahora aparecen muchos editoriales pequeñas, se publica mucho fanzine… No sólo hay editoriales independientes como Calabaza del Diablo, Cuarto Propio o Ripio Ediciones, sino que también hay pequeñas iniciativas hechas a pulso, como Fuga, Cuneta”.
Otro poeta de la generación actual, Víctor López, ganador del premio Vox de Buenos Aires, explica que “se hacen muchas lecturas poéticas, en bares, en lugares públicos y privados… en la Fundación Neruda te pagan 50 mil pesos por una lectura, pero otras son más underground. Si la poesía de los 90 estuvo marcada por la academia y en ella había una pasividad estática, a partir de 2000 la escena se ha vigorizado, hay más desfachatez, se corren riesgos, no sólo en temas sino desde el punto de vista del formato. Ayuda también el hecho de que no hay grandes referentes ni camarillas”.
Puede que muchas de las publicaciones y sus respectivos autores brillen y se apaguen al instante, pero no deja de ser significativa la cifra: según la Cámara Chilena del Libro, en 2009 se publicaron 297 títulos de poesía en el país; es decir, casi un 7 por ciento de todos los libros impresos en Chile el año pasado correspondió al género lírico. Y en lo que atañe puramente a textos dedicados a literatura –dejando fuera las publicaciones sobre educación, tecnología o Derecho–, la poesía llegó al 29%, superando a la narrativa y al ensayo. No es poco.
Sergio Parra –que aparte de ser un destacado poeta, autor del volumen La manoseada, es socio de la librería Metales Pesados– matiza: “la poesía chilena tiene un gran patrimonio. Es una institución, no como en Perú o Argentina, donde hay autores-islas, pero no una tradición tan poderosa ni permanente. En otros países no hay poetas oficiales, como Neruda y Mistral. En habla española quizá no haya otro país como Chile, donde conviven seis generaciones activas de poetas. Nicanor Parra y Gonzalo Rojas son poetas longevos, activos. Luego están los autores del 50, Millán, Lihn, Teillier. La del 60, Hahn, Acevedo. El 70 y 80 están marcados por Martínez, Zurita, Maquieira, Berenguer. En los 90, los poetas vuelven a la academia, y aparecen Germán Carrasco, Yanko González, una tradición poética desde la lectura, no desde la vida. Los poetas del 2000 se forjan en talleres literarios de Fundación Neruda y en el Centro Balmaceda”.
Poetas disc jockeys
Parra piensa que la vitalidad de la poesía chilena a lo largo del siglo XX tiene que ver con que “siempre ha estado muy ligada a la política, y eso genera vanguardia”. Y su pronóstico se vuelve más sombrío cuando compara esa cualidad con las generaciones actuales. “En la poesía de ahora hay una búsqueda de lo nuevo, más bien ajeno a la política, se interesan en los medios, Internet. Hay mucha diversidad, se han incorporado nuevas sensibilidades: la poesía homosexual, mapuche. Pero también desaparecen rápidamente, grupos que aparecen y luego se olvidan. No tienen espesor en el lenguaje. Cualquier cosa que escribe Nicanor Parra tiene más frescura que la poesía joven. Pero no sólo en Chile es así; yo creo que la poesía vive sus peores momentos en el mundo. El siglo pasado hubo una riqueza genial, ahora hay un vacío. Algo se va a generar pero viene de otros espacios”.
Profundizando su crítica a la poesía de hoy, Parra compara a los poetas jóvenes con djs: “tratan de mezclar y releer autores como juntando muchos discos para hacer un ensamblaje. Hay una reescritura de la tradición, de Neruda, de Rokha. Con todo, hay autores importantes como Germán Carrasco, que incorpora la tradición chilena y norteamericana, el humor. Yanko González asume las voces urbanas y la lectura del resentimiento. Gladys González rescata una visión intimista, cotidiana. Y Víctor López hace un cruce entre vida y visualidad, experiencia y artes visuales”.
Para Sergio Parra, la gran deuda de los poetas actuales es que en ellos “no hay contaminación, los poetas no participan de la visualidad nueva. En los 80 había un diálogo entre poesía y artes visuales. Hoy es muy difícil encontrar a un poeta en una exposición de arte. Son puristas, no se contaminan”. Y cree ver en ese motivo la falta de figuras estelares, de referentes ineludibles como los que había en décadas pasadas. “El último libro que te provocaba un impacto total fue Anteparaíso, de Raúl Zurita. Te volaba la cabeza. Lo mismo pasaba antes con Nicanor Parra, que te permitía todo. Nicanor abrió una puerta gigantesca pero a la vez muy peligrosa. Muchos creyeron que todo era válido, y la poesía se convirtió en diario de vida”.
El peligro de las becas
Sergio Parra apunta también a los fondos estatales como una explicación de la debilidad de muchas propuestas poéticas de hoy. “Les han quitado espesor el Fondart, los fondos concursables, las becas. Se han generado demasiados libros sin destino, chicos que van por los dos millones, sin profundizar. He participado como jurado en concursos, y la única parte en la que no hay fallas de ortografía es cuando piden la plata. Los poetas de hoy son muy conservadores emocionalmente, les falta humor. Abunda una melancolía artificial”.
Aunque Patricia Espinosa discrepa y considera que la poesía chilena vive un gran momento, advierte que hay ciertos malentendidos al visualizar los movimientos recientes. “A la generación de los 90 se le suele tildar de academicista, porque era gente que venía de la universidad, autores como Yanko González, que era antropólogo; había cierta erudición, un gusto por la cita en inglés. Se desvincularon del momento político. Yo no lo veo tan así. Desconfío de esas homogenizaciones. A la generación que viene después, la del 2000, algunos la llaman novísima. Fue Héctor Hernández quien acuño el término, porque supuestamente eran poetas revolucionarios, que prefiguraron la revolución de los pingüinos, el auge de las tribus urbanas. Pero me parece un concepto inútil, trasnochado. A lo largo de todo el siglo pasado hubo movimientos que quisieron llamarse los novísimos. ¿Nuevos con respecto a qué?”.
Intentando hilar fino y configurar una mirada que una a los nuevos poetas, Espinosa declara: “la generación de ahora vive la crisis de la democracia. Tienen entre 25 y 33 años y en ellos ya existe una sensación de desencanto. Han vivido toda la época de la Concertación como una decepción. Rescatan la intimidad, pero desde la conciencia de la derrota y la imposibilidad de ser felices con la pareja. Hay mucha tristeza. No hay la más mínima esperanza de encontrar una luz de sus poemas. Todo está perdido, el fracaso surge como gran tema”. Sin embargo, pese a la negatividad del discurso, los poetas florecen. Hay que leerlos.
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